SAL AL GUSTO

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En el bienestar y los placeres se comienza a definir la felicidad.

Una de las actividades sinsentido que repetía en mi infancia era la de dibujar, que en la nobleza de mi inocencia no veía ninguna malicia en copiar el trabajo de los demás e imitar el trazo de otros dibujantes. Ya en la dinámica de la escuela y “ser alguien en la vida” sabía que quería seguir dibujando por siempre ya que me divertía y hacía feliz. Entonces, pensaba que, en mi limitada concepción de los ocho años, la mejor opción era la de ser Arquitecto.

La toma de decisiones se van presentando sin avisar, llegan sin chistar en el momento no óptimo de la vida, pero es gracias a la información que nuestras resoluciones se vuelven concienzudas, sabias y proféticas. Así, a los dieciséis años ya sabía que lo que realmente quería ser era Diseñador Gráfico, sí en la línea, pero en la no-constructiva. Desde entonces hasta ahora me dedico felizmente a diseñar, a comunicar.

Algún tiempo después, bastante, vino la decisión que definiría mi madurez y enfrentaría la primer gran batalla que todo adulto debe ganar: dejar de vivir con mis padres. Tras este hecho tuve que aprender a lavar, planchar, limpiar y cocinar; actividades de las cuales sólo a la última le he encontrado un verdadero placer. Mis amigos saben de mi gusto por la comida, por algo me invitaron a escribir este texto. Aunque no me considero un sibarita, si así de un paladar en constante entrenamiento. Encuentro un placer en comer, pero aun más en cocinar para mis cercanos.

Me gustan los comparativos ya que sólo en ellos me encuentro y defino, asimismo establezco paralelismos como guía del podría ser; entre la cocina y el diseño he encontrado bastantes e incluso diseñadores han usado la cocina y la comida como recurso tropo-retórico para mostrarse. Individualmente intentaré significar lo percibido.

Un buen resultado no sólo requiere de recopilar los ingredientes necesarios, también hay que conocerlos, entenderlos, intelectualizarlos, reflexionarlos, comprenderlos y amarlos. Después de tener claro el objetivo, la primera gran decisión será la selección de los elementos por forma, textura, color, consistencia y química entre sí; para esto se debe tener gusto y regusto emotivo. Con la selección final se afinan los detalles para reunir todo en un hacedero; de ahí en adelante la metodología y teoría se tornan en oficio y sazón.

La mejor concertación entre cocina y diseño es la de los comensales. Cocino porque me gusta y lo disfruto, hago diseño editorial porque es mi pasión; me gusta sorprender a mis huéspedes con nuevos platillos, en ene o cada número incluye un detalle diferente para asombrar al lector. Tengo claro que puede a mi gustarme lo que cocino, pero si a mi invitado no le agrada de poco sirve; que en el diseño, como en la cocina, nuestro platillo debe estar hecho pensando en el convidado, que le sea bello y útil, que el input sea por los cinco sentidos y que al final es éste el más importante. La sensación de tener un comensal insatisfecho es proporcionalmente inversa a la del goce por cocinar y complacer.

Para los que no saben guisar la mejor manera de aprender es comprar libros de cocina, seguir los pasos e intentar que quede parecido a la foto. Malas noticias, los que no saben diseñar hacen lo mismo, abren libros de diseño o, en la velocidad de Internet, páginas web en la que es posible imitar fórmulas mejor conocidas como tendencias y caer en un diseño repetitivo; esto recientemente lo veo más en la ilustración. Lo mejor de cocinar es que puedes experimentar In Situ, echar a perder y recomponer, tomar las recetas escritas e incluir los ingredientes autóctonos para hacer una cocina fusión.

Uno de los detalles que nos fijamos los que cocinamos es el de reconocer el primer reflejo cuando alguien prueba nuestro platillo, y esto poco sucede en el diseño; el tema de verificar si nuestro producto funciona o no es tan importante como el de asignar el tiempo de cocción-realización exacto de un platillo. Por otro lado, la crítica especializada en la gastronomía existe y es ésta la que permite mejorar el producto, estimula la competencia, la evolución y admite ubicar a los mejores bajo criterios más objetivos.

Es en este ejercicio que escucho y leo acerca de un restaurante en el Mar Mediterráneo de España, se llama El Bulli; reconocido más de tres ocasiones como el mejor restaurante del mundo. Dentro de su historia es interesante admitir la construcción de marca que han hecho en el transcurrir de los años. Que una razón del cómo hacen las cosas, pero sobretodo el por qué es la que sustenta un buen negocio; y si el diseño es un negocio, entonces ¿por qué es difícil encontrar historias dentro del diseño mexicano que emocionen?

 

Creatividad es no copiar

¿Qué podemos aprender los diseñadores de El Bulli? Primero, que anteponen la calidad y autenticidad del producto por encima del dinero. Segundo, la pasión que aterrizan en una filosofía de por qué hicieron lo que hicieron y les aportó al reconocimiento actual. Entre estas máximas se encuentra la de  “Creatividad es no copiar”, este concepto ha sido alineado a todo lo que se hacen alrededor del establecimiento, desde cambiar las texturas y formas de los alimentos hasta en como se presentan los platillos… puedes encontrar la misma materia que en otros restaurantes, pero la manera en que lo presentan se convierte en su diferenciador.

Basta leer el primer punto de su síntesis de comida para entender y valorar que también se puede aplicar al diseño: “La cocina es un lenguaje mediante el cual se puede expresar armonía, creatividad, felicidad, belleza, poesía, complejidad, magia, humor, provocación, cultura”. Qué pasaría si cambiamos la palabra “cocina” por “diseño”: El diseño es un lenguaje mediante el cual se puede expresar armonía, creatividad, felicidad, belleza, poesía, complejidad, magia, humor, provocación, cultura. ¿Verdad que embona?

Los chefs de El Bulli han viajado por todo el mundo para entender otras cocinas, pero su referencia principal siempre ha sido Francia –una de las mejores cocinas del mundo-, al regresar a su ciudad con su identidad y cultura, de todo lo que vieron y probaron lo modificaron para tener una versión propia; es decir, sí se pueden tener referencias pero he aquí la importancia de aplicar como concepto básico la originalidad.

Otro de los paradigmas de El Bulli, que puedo avalar por vivencia personal, fue la de intimar con un artista plástico; convivir con él, intercambiar conceptos sobre la creatividad y cocinar en el taller del artista cambió la perspectiva del restaurante sobre la innovación aplicada a los platillos. En definitiva el diseño puede rescatar muchas ideas de la síntesis de la cocina de este restaurante, pero la más interesante es que cada diseñador, desde su división, puede sentar y reflexionar las bases teórico-conceptuales de la clase de diseño que quiere hacer. Rescatando lo anterior, el diseñador debe convivir cotidianamente con artistas, esto aporta, al menos en mi lo ha hecho, y mucho.

Es a través de la revista ene o que me puedo permitir hacer el otro diseño, el no institucional o no comercial, es la misma revista que me ha permitido viajar por México y otros países a degustar distintas cocinas; me gusta “casi de todo”, aunque hay platillos de carácter raro a los que no me he atrevido a probar. Por igual puedo disfrutar de un arroz negro, un goulash, un percherón, un pozole de guerrero, una ensalada o unos buenos tacos de pastor; en el diseño hay que atreverse a ensayar.

Termino el texto con mi frase favorita de la cocina:

“A todo esto, se le pone sal al gusto… si es que se tiene”.

Iván W. Jiménez